Introduccion
¿Qué es la arcilla?
Los primeros recipientes
Así se construye un recipiente
Los hornos y la cocción
La Revolución Industrial

Los hornos y la cocción



Quizá sea el descubrimiento del fuego el más importante que ha realizado la humanidad. Gracias a él el hombre primitivo se dio cuenta de que el agua no afectaba a los recipientes de arcilla cocida, Quizás esta observación se realizo al verter arcilla en nido de pájaro utilizado para transportar cenizas todavía calientes. O tal vez se revistió de arcilla un hoyo en el suelo en el que se iba a encender un fuego, el cual la convirtió en un rudimentario recipiente. Se cree que los primeros descubrimientos que pusieron en relación a la arcilla y el fuego se efectuaron hace unos diez o doce mil años.


Cambios irreversibles

Al calentar la arcilla, ésta sufre una serie de modificaciones que, a partir de cierto momento, son irreversibles. La arcilla sometida a la temperatura de 100ºC seca por completo, pero puede volver a su estado primitivo si se empapa con agua. Si se la calienta hasta 600-700 grados, llega un momento en que empieza a tomar un color rojo muy oscuro, señal de que está sufriendo profundas modificaciones químicas. En este punto la arcilla es blanda, desmenuzable y porosa, y no vuelva a ser plástica ni pierde su forma por la acción del agua.

A temperaturas del orden de 900 a 1000ºC, las partículas de la arcilla empiezan a conglomerarse y adquirir mayor resistencia. Todas las sustancias carbonosas, como los residuos de vegetales, queman y volatilizan, dando como resultado un material puro y brillante y de color a veces muy distinto del original. Por ejemplo, al llegar a este punto los típicos tiestos modelados en arcilla roja tienen un brillante color de terracota y una estructura resistente y porosa. Muchas arcillas negras adquieren en la cocción un color marfileño, consecuencia de la desaparición de las sustancias orgánicas quemadas.
En la mayoría de las cocciones que se efectúan en zonas primitivas, como por ejemplo en Nigeria, la temperatura no supera los 800 grados, que ya es suficiente para endurecer y vitrificar la arcilla local.


Los primeros hornos


En el Oriente Medio se construyeron los primeros hornos. Estaban constituidos por un hogar situado bajo una "parrilla" de arcilla sobre la cual se colocaban los recipientes. Luego se construía una especie de cámara amontonando encima vasijas viejas o haces de hierba entre los que se dejaba, una chimenea. El calor que retenía la cámara hacía posible alcanzar temperaturas más elevadas que la conseguida con una hoguera. Este fue el primer horno de tiro de la historia.
Gradualmente se convirtió los hornos en estructuras permanentes y se protegió de las llamas los recipientes, con lo que se pudo decorarlos y esmaltados sin temor que el fuego los alterara. También consiguió ejercer un control sobre la temperatura interior. Los hornos romanos eran circulares; en su interior había una plataforma perforada situada sobre una columna central. Se quemaba el combustible en la cámara de debajo de la plataforma, sobre la que se disponían los recipientes; la madera utilizada como combustible se introducía por un conducto recto que también regulaba la entrada de aire.



El Lejano Oriente

Los alfareros chinos construyeron distintos tipos de hornos, que por lo general situaban en una pendiente de una colina. Se
encendía un fuego en la parte inferior, con lo que las cámaras en que se hallaban los recipientes formaban parte, en realidad, de chimenea. Un regulador de tiro situado en la cámara superior servía para regular la salida de los gases calientes, y el horno retenia el calor. Los hornos de este tipo proporcionaban elevadas temperaturas, que gracias al aislamiento de tierra y al regulador de gases alcanzaban unos 1200ºC, en zonas próximas al hogar. A esta temperatura la mayoría de la arcillas se endurecen y vitrifican y se convierten en gres.
Al hacerse más complejos, se construyó estos hornos en una serie de escalones, parte bajo tierra y parte en la superficie; algunos estaban divididos en varias cámaras. Se abrieron pequeños agujeros en las paredes para añadir combustible, de forma que las temperaturas se mantuvieran constantes.
Estos hornos se difundieron por todo el en Lejano Oriente, aunque presentasen ligeras variantes de un lugar a otro. Hasta hace relativamente poco tiempo continuaban siendo más eficaces y capaces de alcanzar temperaturas más elevadas que los construidos en Occidente.
En el siglo XVII aun se utilizaban en Europa los hornos de ladrillos de una sola cámara.








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